Por: Juan Esteban Parra Ospina
Día 36 en Roldanillo. En casi cualquier esquina de Roldanillo urbano pasa que si te asomas en todas las direcciones, norte, oriente, sur y occidente, la vista siempre avanza hasta la montaña. Estamos en un codito de la cordillera que nos permite ese disfrute. Desde siempre hemos estado dentro de paredes de tierra, primero las montañas y luego los muros.
Nuestras montañas se formaron durante millones de años en un proceso increíblemente lento pero constante. Cada terremoto del pasado apiló un poco más la tierra hasta que llegamos nosotros, las personas, a descubrir que acá se podía vivir bien y eventualmente a encontrar que además es tierra perfecta para los deportes aéreos. Ese proceso no se ha detenido ni se va a detener, ese movimiento de la tierra que formó montañas y mares sigue hoy y nos tocó verlo de frente el 10 de agosto de 2026.
Empecé a escribir esto pensando en contar algo sobre cómo vivimos dentro de la tierra, cómo hoy vimos que llevamos siglos durmiendo y despertando dentro del barro; la misma materia de las montañas fue amasada y moldeada por personas que ya no están pero que armaron muros y cocieron tejas.
Me sorprendo al ver en todo esto cierto capricho de la tierra: la tapia centenaria y dañada que no se deja derribar tan fácil por los demoledores, nada fácil, pero que casi instantáneamente volverá a ser suelo; luego las tejas que con ritmos diversos se bajan y vuelven a subir, se venden y se regalan en un frenesí que las va repartiendo en desorden por el pueblo. Hoy están reparando un restaurante con una teja que viene de una tienda de zapatos y otra de una casa antigua.
Seguiremos sobre esta tierra, dentro y fuera de ella, ojalá con construcciones más seguras. Y ojalá no se demuela todo. Ojalá no se demuela tanto.

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